La definición es realmente ambigua. Sabemos que las plantas crecen hacia la luz, que los termiteros africanos son una maravilla a nivel arquitectónico, que los animales pueden luchar hasta la muerte para proteger a sus crías, pero es que incluso los virus, categorizados como no vida, como cualquier forma parásita, intentan de modo aparentemente inteligente de sobrevivir a su huésped. Dentro de organismos complejos como los mamíferos, existe una regulación perfecta de la actividad celular, por ejemplo a la hora de tratar con organismos patógenos o para mantener el conjunto plenamente nutrido. Por muy poco ética que la vida pueda resultarnos a veces, la prueba de su efectividad es su propia existencia.
Estos instintos no pueden ser aprendidos, si bien pueden ser manipulados en ciertos casos, es evidente que el ciclo vital de las abejas es demasiado corto (unas cinco semanas) para que aprendan a hacer una colmena en ese tiempo; o que es completamente imposible que un ser acelular como el virus aprenda absolutamente nada. La componente es por tanto genética y ha sido moldeada por millones de años por la evolución.
¿Qué pasa con nosotros los humanos? En primer lugar somos animales y seguimos siendo vehículos de ese instinto. Nosotros evitamos en la medida de lo posible el dolor y perseguimos el placer SIEMPRE, por muy retorcidas que sean nuestras apetencias. Pero a diferencia de los demás animales, sentimos que nacemos indeterminados, queremos encontrar una realidad que nos diferencie del nacer, reproducirse y morir.
Para mí no existe esa diferencia. Igual que el león tiene sus garras y la araña sus trampas de seda, nosotros tenemos nuestra cultura como herramienta de supervivencia. Seguramente la mejor que pudiera existir ya que evoluciona millones y millones de veces más rápido que nuestra biología. Pero eso no nos hace mejores, ya que seguimos siendo esclavos de nuestro instinto animal al que vencemos sólo en contadas ocasiones.